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La familia Saldívar
Ellas vuelan con sus propias alas posted on 05/01/2019

Familia Mexicana de la montaña comparte

su viaje hacia la ciudadanía

Hace 30 años, María Saldívar, su esposo Pablo y sus cuatro hijos dejaron su comunidad en Zacatecas, México y llegaron a Welches. Habiéndose animado a inmigrar a los Estados Unidos en busca en una mejor vida para sus hijos, la familia se dirigió hacia la Montaña Hood, que Pablo consideró el área más hermosa del Noroeste Pacífico.

“El vio lo que todo el mundo aquí ve; es un lugar perfecto para criar una familia,” comenta su hija, María de los Angeles Burke, quien llegó a la Montaña a los cinco años.

Al llegar, recuerda Burke, la familia vio por primera vez la nieve. Creyeron que ya era la navidad.

Pablo contaba con una visa de trabajo que le otorgaba el permiso de radicar en los Estados Unidos, pero no fue así para su familia. Al principio, tenían la esperanza de vivir aquí y visitar a sus familiares en México cuando el tiempo y las finanzas lo permitieran.

Dice María que “resultó más complicado.”

Cada quien tuvo que luchar por encontrar su propio camino hacia la ciudadanía americana. Los retos y los cambios del sistema migratorio aún marcan sus vidas tres décadas después.

La familia llegó aquí porque el empleador de Pablo se había comprometido a arreglar la residencia legal de todos, pero la promesa quedó sin cumplir. Todo se volvía más difícil con el paso de los años. Después del 11 de septiembre se endurecieron las leyes migratorias en el país. La cantidad de detenidos y deportados se incrementó y se recortaron las oportunidades para la inmigración legal.

Los Saldívar tuvieron que elegir: quedarse en los Estados Unidos sin papeles y no volver a México, o regresar a su país natal, dando la espalda a su vida aquí. Agrega Burke que es importante apreciar los sacrificios que hicieron sus papás por sus hijos.

“Mi mamá dejó todo lo que conocía (en México),” dice Burke. “Dejó a sus papás sin poder volverlos a ver. Cuando fallecieron, no pudo despedirse de ellos. Pues si hubieran ido, no habrían podido regresar a los Estados Unidos.”

“No creo que haya sido una decisión muy fácil para ella,” agrega. “Mis hijos nunca han experimentado dificultades y es importante que entiendan los sacrificios que hicieron sus abuelitos.”

Ahora con 35 años de edad, Burke comenta que al llegar a la Montaña la familia se vio ante muchos desafíos. La escuela era particularmente difícil, pues sus papás no podían comunicarse con los maestros. Aunque recuerda que algunos maestros trataban de ayudarle, otros consideraban que era una “causa perdida.”

Las dificultades le siguieron en la secundaria, en donde Burke nunca llegó a sentirse aceptada. Incluso modificó su segundo nombre para que fuera más fácil de pronunciar en inglés.  

“Me sentía rechazada e incompleta,” dice.

Después de egresarse de la secundaria, Burke se fue a vivir en Idaho, donde encontró trabajo en el punto de venta de una empresa regional. Pronto ascendió, llegando a ser gerente itinerante con un alcance de cinco locaciones en el noroeste. Pero cuando le dijo a su jefe que no tenía papeles, se redujo significativamente su sueldo. Así que decidió regresar a Oregón para tomar clases en el colegio comunitario de Mount Hood.

Al endurecerse las leyes después de su regreso a Oregón, Burke no pudo renovar su licencia de conducir. El camino a la ciudadanía parecía cada vez más lejano. Aun cuando se enamoró y se casó con un residente de Mountain en 2007, el proceso seguía siendo largo, complicado, engorroso y caro. Y además, tuvo que regresar a México a esperar durante un tiempo indefinido.

En 2011, Burke recibió un permiso de trabajo, lo que le permitió trabajar sin miedo de ser deportada o explotada. En 2013, se volvió residente permanente. Y en marzo, realizó su entrevista en la Oficina de Ciudadanía e Inmigración de los Estados Unidos, y ahora ya es ciudadana.

Burke pasó meses preparándose para el examen de ciudadanía con la ayuda de su esposo y sus cuatro hijos. Dice que había preguntas difíciles, pero a fin de cuentas descubrió que la constancia de ciudadanía no le hacía sentirse tan “completa” como había anticipado.

“No soy distinta ahora con la ciudadanía,” comenta.  “Sigo siendo María de los Ángeles Burke. Soy la misma mamá cariñosa y dedicada. Soy una exitosa propietaria y gerente de una casa de vacaciones y ayudo con el negocio de tala y leña de mi esposo. He hecho contribuciones positivas a la comunidad. Y todo lo hice sin este papelito.”  

Vanessa Saldívar tenía apenas un mes cuando su familia llegó a la Montaña. Creció sin saber de su condición migratoria. Era buena estudiante, gracias a que su hermana mayor María le inculco un amor al estudio.

“Recuerdo muy bien cómo jugábamos escuela, mi hermana y yo, sólo que era algo muy serio para ella,” dice Vanessa. “No quiso que yo pasara por los mismos desafíos que ella tuvo que pasar en la escuela.”

Por sus logros académicos, Vanessa fue reconocida como Becario Hispano Nacional y al graduarse en 2006 se le ofrecieron becas de varias universidades a través del país. Pero a la hora de aceptar la beca, la mejor estudiante de su generación (hasta terminó la secundaria a los 17 años, un ano temprano) descubrió que no podía, pues no tenía documentos.

“Me destrozó,” dice Vanessa, quien ahora tiene 30 años.

Para seguir su sueño de la educación, asistió a clases en el Colegio Comunitario de Mount Hood, donde no tenía que probar su condición migratoria. Vanessa dice que muchos de sus compañeros no entendían por qué no aceptó las becas.

“No tenía sentido, porque no sabían de mi situación legal,” dice. “En realidad, no me conocían.”

En 2012, por medio de DACA se le otorgaron protección temporal de la deportación y el permiso de solicitar un número de seguro social. Continuó con sus estudios, llegando a terminar la Maestría en Estudios Migratorios en la Universidad de San Francisco en mayo del año pasado. Hace ocho años que trabaja en el área de derecho migratorio.

El trabajo de Vanessa también ha sido reconocido a nivel nacional. En 2015, la revista del New York Times publicó un artículo sobre su apoyo a los refugiados centroamericanos.

Sin embargo, su propio camino de la inmigración aún no termina. Vanessa quiere hacerse ciudadana, pero después de ver las experiencias de su hermana, reconoce que el proceso podría resultar emocionalmente complicado para ella también.

“Me imagino que será difícil asimilarlo todo,” dice. “Ha sido difícil reconciliar la realidad de que el lugar donde has vivido toda tu vida, el lugar que tú consideras como tu hogar, no te reconoce ni te acepta enteramente.”

Para ella, añade, Welches es su hogar y quizás vuelva a la Montaña para criar sus hijos. Pero, pensando en el camino de su familia, reconoce que a veces se pregunta si la comunidad le acogerá con el mismo cariño que ella siente por la comunidad cuando se sepa la verdad de su situación legal. “Hay un sentimiento de soledad cuando la gente no te conoce de verdad,” dice Vanessa. “Creo que mi comunidad nunca me ha visto de verdad y me preocupa pensar que algunas personas de la Montaña podrían no entender los sacrificios que mis papás hicieron por nosotros.”

Sin embargo, dice, “sería maravilloso sentir su comprensión y apoyo.”

La familia llegó a la Montaña con dos hijos varones también. No los entrevistamos para esta historia y no mencionamos sus nombres en respeto a su privacidad. El menor ya es un residente permanente en espera de la ciudadanía.

El hijo mayor, al llegar aquí a los seis años, sufrió por ser el único no blanco de su salón y por carecer de apoyos. Siendo ya adolescente y adulto, las dificultades siguieron y hace más de cinco año fue deportado, dejando atrás a su esposa, quien es ciudadana, y sus tres hijos chiquitos.

“El fue muy buen padre y quiso mucho a sus hijos,” dice Vanessa. “Creo que todavía no lo asimila totalmente, y siendo una familia muy unida, nosotros tampoco.

Christina, la más chica, nació después de la llegada de la familia a la Montaña, por lo que siempre ha sido ciudadana. No fue sino ahora está estudiando en la universidad la carrera de trabajo social que descubrió los retos complicados que su familia ha atravesado desde su llegada a la Montaña.

“Mientras ya exploraba la historia de mi familia desde la perspectiva del trabajo social, quería entender cómo el hecho de ser una familia inmigrante ha marcado de maneras distintas nuestras identidades,” dice Christina de 23 años. “Yo no entendía lo que significaba crecer con una condición legal distinta a la de mis hermanos, pero sabía que era un privilegio que ellos no tenían. Quiero usar sus experiencias como una plataforma para abogar por otras familias como la mía. Tengo que luchar por navegar los espacios de ser tanto americana como mexicana, y a veces no me siento totalmente ni una ni otra cosa, sobre todo ahora.”

Christina es una persona conocida en la Montaña por su trabajo en varias empresas y sus actividades en la comunidad. Pero comenta que la gente quizás no se dé cuenta de que los trabajadores inmigrantes latinoamericanos están por todos lados.

“Nosotros no somos los únicos latinos aquí.” Agrega Burke que le gustaría ver que la comunidad apreciara las distintas culturas. “Hay tantas familias más y cada una tiene su propia historia. Me encantaría ver que sus historias también se cuenten.”

También ven los retos que enfrenta la comunidad migrante actualmente en el país, con un gobierno que “sistemática y estratégicamente los deshumaniza,” señala Vanessa.

“Creo que es una labor muy importante realzar la humanidad de la gente y unir la comunidad,” dice, agregando que compartir la historia de familia implica cierta vulnerabilidad. “Estamos nerviosos, pero creemos que ya un momento importante para conectarnos de manera auténtica con nuestra comunidad. Esperamos que algo bueno pueda resultar.”

En cuanto a María, la decisión de dejar su casa en México y traer a su familia a la Montaña en busca de una mejor vida ha valido la pena, a pesar de todos las dificultades que han experimentado en estos años.

“Creo que ha sido para bien,” dice. “Siento que ha valido la pena. Veo a mis hijos, exitosos y contentos. Veo crecer a mis nietos.  Veo a mis hijos, les va bien. Me siento bien.”

Por Garth Guibord y traducido por Vanessa Saldívar/MT

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